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El enmascaramiento social («masking») y el autismo (TEA)

Quienes siguen más de cerca la historia del autismo también siguen un número creciente de casos de personas con TEA en el mundo. Si bien el autismo es una condición que permanece durante toda la vida del individuo, y es posible e incluso indicado que este diagnóstico se realice en la primera infancia, actualmente, muchos adultos están siendo diagnosticados tardíamente con esta condición debido a las diferenciaciones actualizadas de los manuales de diagnóstico.

Es importante señalar que a pesar de que muchos fueron diagnosticados solo en la edad adulta, estas personas siempre fueron autistas, simplemente no tenían un informe profesional y, por lo tanto, no tenían un seguimiento adecuado.

Y aquí llegamos al punto de nuestra agenda de hoy. ¿Cómo es posible que alguien crezca y se haga adulto sin darse cuenta de su condición de autista?

Los manuales de diagnóstico no traían tan claro los aspectos a observar y no era raro que a las personas autistas se les diagnosticaran otras condiciones o incluso enfermedades como esquizofrenia, depresión, comportamiento antisocial y otros cuadros clínicos.

Pero todavía hay otro factor que acaba por dificultarlo. Las máscaras sociales. El término enmascaramiento social se refiere al uso de estrategias para minimizar la “visibilidad” de las características del Trastorno del Espectro Autista en situaciones sociales. En lo personal puedo decir lo agotador físico y mentalmente que resulta el entrenamiento y ejercicio de interacción social a diario.

Formas de masking

El masking puede presentarse de tres formas:

Compensación que prevé copiar comportamientos y líneas, crear un guión para una posible interacción social, etc. Incluso requiere de ensayos mentales.

Enmascaramiento, que sería el seguimiento del propio cuerpo y de las expresiones faciales, para no demostrar que la interacción social exige un esfuerzo agotador;

Asimilación que prevé la acción en un determinado contexto social, a través de estrategias, comportamientos e incluso de otras personas, para dar la impresión de que se está llevando a cabo una interacción social.

Este es un tema que merece atención, especialmente en la adolescencia, cuando aumentan las demandas sociales, y en la edad adulta debido a las complejidades de vida independiente, relaciones en pareja, relaciones en el trabajo, etcétera. Cabe señalar que el camuflaje puede ser adoptado por niños o niñas, pero lo que observamos en la práctica clínica y en los estudios es un predominio en las niñas. Esto se debe a que tienen un cerebro más social  y habilidades comunicativas, además de que se esperan comportamientos socialmente “diferentes” entre niñas y niños, lo que favorece el camuflaje y, en consecuencia, dificulta el diagnóstico.

Características del camuflaje social

El camuflaje social incluye tanto el uso de técnicas conscientes como inconscientes y, en cualquier caso, requiere un esfuerzo cognitivo considerable –para “enmascarar”, asimilar o compensar estas conductas del espectro autista–, lo que a menudo se traduce en malestar psicológico. No es raro que los adolescentes presenten ansiedad, depresión o estrés, por ejemplo, y cuando se les realiza una evaluación especializada se les diagnostica TEA con comorbilidades.

Conocer este concepto es importante para que podamos tener una mirada integral al autismo, incluidos aquellos que aún no han recibido su diagnóstico de TEA, pero tienen dificultades significativas en situaciones sociales, además de condiciones relacionadas con la angustia psicológica.

Lo cierto es que actualmente los criterios para el diagnóstico están mejor definidos y cuando a esto le sumamos que tenemos profesionales mejor preparados para identificar tal condición, llegamos a las estadísticas que vemos hoy.

Muchas personas autistas suelen hacer uso de las máscaras sociales para intentar encajar en el contexto social. Esto se hace casi inconscientemente, lo que a menudo significa que las personas que los rodean no solo no reconocen la condición autista del individuo, sino que también pueden confundir a los profesionales en el proceso de diagnóstico.

Ver que incluso después del diagnóstico, conociendo su condición, algunos tienden a enmascarar sus características autistas, ya sea con la intención de no sentirse diferentes, por miedo a ser excluidos o incluso por falta de autoaceptación o vergüenza a ser diferentes.

Para aquellos que no tienen un diagnóstico, esta máscara social viene mucho más fuerte porque al mismo tiempo no entienden por qué no son como los demás, piensan que pueden insertarse si actúan como los demás y “fingen».

Sin embargo, esto tiene un precio para el bienestar del ciudadano, este enmascaramiento no es gratuito. “Fingir” ser lo que no eres trae un agotamiento físico y mental, que muchas veces solo quienes viven más íntimamente o la propia persona experimenta los resultados de esto en su hogar.

Y estos resultados vienen en forma de crisis, dolores corporales, cansancio, desánimo, depresión, agresividad, aislamiento y, finalmente, más dificultad para socializar.

De ahí la importancia del diagnóstico, aunque sea tardío, porque el autoconocimiento trae aceptación. Y la aceptación trae paz mental y puede liberarte de culpas que muchas veces ni siquiera eran tuyas pero que tú cargaste.

En ocasiones, la persona autista logra realizar tan bien este enmascaramiento que pasa toda su vida sin respuesta a las preguntas inherentes a su existencia como persona neurodivergente. Es importante analizar los criterios para el diagnóstico autista y acudir a un profesional que confirme su condición.

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